''Sera el destello de luz que se cola entre las frondosas ramas
el que dará vida al brote. Brote que sera árbol , que será bosque.
Nunca subestimes a un umbral.''
Avanza el tiempo como lo hacen las olas sobre el mar. Lento al comienzo pero despedazando la costa, borrando las huellas, imponiendo las grietas. Así avanzan lo días en este solitario pueblo de laberínticos mundos. Triste es que usualmente tendemos a volver al comienzo, como un ciclo interminable y agobiante.
Impregnado de bellezas cotidianas puede estremecer el reloj que con cada ‘’tic tac’’ nos avisa que estamos viviendo. Ya sea con un cumulo de felicidad interminable, o la tristeza efímera que suele apoyarse en nuestra alma con cada lluvia, con cada ser que se va, con cada descorazonada que nos pegan. Pero aun así y frente a todo esto. Estamos. De pie, caminando, corriendo y muchas veces flotando. Volando entre la gente, sus ruidos, sus preocupaciones y su falta de fé en ellos mismos, en los otros y en los demás. Que han preocurando robarse los sueños antes que compartirlos. Pues aquí los miro, desde arriba. Alejándome de aquello a lo que no podría unirme jamás.
Te darás cuenta que por mi mente, ni por la mente del mundo, estaba escrito en algún lado, ni en el aroma de los días, ni en la brisa de verano. Que por alguna razón los hilos de la vida, los que nos conectan con el centro del universo. Nadie lo pensaría, que nuestros hilos terminarían por encontrarse. Tocándose, dando chispas, creando fuego.
Fue entonces cuando tus palabras que, primero, seducían mi sexo y la promesa del encuentro, las que llevarían a mi arriesgada forma de vivir, a toparse con tu pacifica forma de andar. Palabras que sacudirían mi corazón y formarían la melodía más dulce de los días.
No tardó en llegar el papel en mano, el pasaje a la intriga. La intriga que debía develarse.
Mirando los árboles que pasaban por la ventanilla, o la ventanilla que se deslizaba por los árboles. Por el camino y el sendero que aún llevaba conmigo todos mis desbordadores y humildes sentimientos.
Sé que la soledad había sembrado muchos brotes que, muertos por el abandono, habían quedado estancados en lo profundo del alma. Pero es también de la hierba muerta, que nutre la tierra, que crecen nuevos y relucientes sentimientos. Y que con el agua nítida de la esperanza, se curan y se lavan todas las heridas que de no tenerlas, no sabrías si has pasado suficiente o si algo te tiene que pasar.
Caminaba por los mismos lugares de siempre. La mirada era otra. El corazón estaba tranquilo. No era el vino el que despejabas sus dudas, ni el cigarro que se consumía más por el viento que por la pitada. La lluvia cubría las calles y su embriagador aroma decretaba que ese día habían de encontrarse.
La flecha pego en la cien y espantada por el dolor, la razón ya se había perdido. Los latidos se sincronizaron. Por fin, y al fin frente a frente.
No había tanto para decir, todo podía sentirse más allá del lenguaje que desparrama nuestras bocas y el movimiento ondulante de nuestros cuerpos. Cada gesto, cada mirada detenían el tiempo. Podría haber sido la sonrisa más hermosa que podría haber visto ,y también la más anhelada.
Las voces. Los demás. Lo que había que decirse y lo que había que callarse. Todo estaba ahí entre esas cuatro paredes. Aun que no solo éramos dos, cuando queríamos podíamos serlo.
Los tragos del amargo mate, que se volvieron de amarga malta nos enviciaban. Los besos a escondidas, los besos más ricos que podían probarse. Y entre caricias y roces que podían hacer encender hasta la hiedra más húmeda. Hasta la madera más verde.
Las melodías recorrían el espacio. La música, creada para el universo cuando nos atraviesa en éxtasis total, se vive de otra manera. Podría hasta quedar en la memoria de cada molécula de nuestro cuerpo, vibrando por siempre en nuestro ser.
Solos, sin reloj. El silencio. No había nada más que decir. Fundidos entre abrazos y caricias nos encontrábamos. Perdiendo el control como el fluir del viento sobre las arboledas. El fresco de la lluvia, la noche que besaba el día. Todo nos envolvía mientras el placer de nuestros cuerpos conectado por esos hilos, hilos que tensan y tensan cada vez más. Hilos que tejieron este encuentro. Que nos tendieron la cama. Que cubrieron nuestros cuerpos. Nos llevaron hacia el centro de nosotros mismos, al centro del cosmos, donde se abrazan las almas.
La sonrisa de aquella mañana al despedirnos, me recordaba que no había lengua más hermosa que la que surge espontáneamente de nuestro corazón. Podía sentirte aún después de marcharte, acariciando mi piel y besando mi esencia.
El umbral de los sentimientos comenzaba a impregnarse de calma y a la vez de pasión. Esa que mueve el mundo y acá no hay error. Me apasionas. Cada vez que al cerrar los ojos, a volver las horas, a disolverlas y perpetuarlas en recuerdos que ya no habían de esfumarse. Ese pulso que habías de marcar en mí me apasiona.
Te he sentido como un rayo de luz que se cola entre las grietas, que acaricia las huellas, que entiende y acepta las heridas. Y al entrar golpeando las paredes de mi corazón un poco marchito, creaste una sinfonía única. Como la gota de lluvia en la tierra, como el ocaso y su naranja, como la luz de la luna en la noche más oscura. Y aunque no ha pasado tanto, un segundo ha sido suficiente para que el florecer que me provocas haga que espere nuevamente. El roce de tus manos. Los besos a escondidas y el fundir de nuestro ser conectados por los hilos, esos hilos que nos rozaron para hacer brotar el fuego, que tendieron la cama, que cubrieron nuestros cuerpos y marcaron el camino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario